cita a ciegas

A las siete. Llegaré con unos minutos de antelación, supongo que es lo correcto. Sé la importancia de la primera impresión, a veces es definitiva. Dispongo de pocos segundos para crear opinión.
“No hay sentimiento mas rápido que el de la antipatía”. No sé donde lo leí, pero es importante.
“¿Qué me pongo, mamá?”. “Hijo, tu siempre estás guapo”. “No, si no se trata de eso, pregunto que si tengo una chaqueta sin bolsillos, para no meter las manos”. Debí leerlo en el mismo sitio. ¿Dónde puse aquellos zapatos?
“¿Estás nervioso?” No puedo estarlo. Voy a ofrecer lo mejor de mí mismo, a demostrar que soy la persona idónea, a hacerme imprescindible desde el primer momento. Estoy inquieto, expectante e impaciente, pero necesariamente confiado, seguro de mis capacidades, positivo y decidido.
Sabía que llegaría este momento. Un día a las siete. Mi mente ha recreado miles de veces la escena: “Buenas tardes…”, y esperaré a que me ofrezcan la mano. Estoy preparado, es mi oportunidad. Los ingredientes para que aparezca la suerte.
Sólo hay algo que me preocupa: no creo que haya suerte para todos. La oportunidad se la están dando a varios y algunos también están preparados… ¿Qué puedo hacer? No soy el único convocado y no puedo depositar toda mi esperanza en que los demás sí lleven bolsillos.
Años de formación, noches de estudio, trabajos de investigación, interminables idiomas, renuncias, café cargado, ilusiones, proyectos… Todo me avala hoy a las siete. Pero… ¿Dónde leí que en ese momento debo centrarme en mí mismo, en demostrar la mayor serenidad, conducirme con naturalidad y cuidar mi imagen hasta lograr no ser uno más?
No sé a quién voy a encontrar, no sé dónde me van a recibir, no sé de qué se va a hablar, no sé nada de lo que me espera. Pero no es una cita a ciegas, porque sé quién soy y qué quiero. Tengo los ojos bien abiertos y si no consigo el trabajo, a la próxima ya sé algo más.

Mª Teresa García Navarrete
Directora de AUDES Formación